Dormir ocho horas ya no siempre alcanza. Cada vez son más las personas que se despiertan con la sensación de no haber descansado lo suficiente, atraviesan la jornada con fatiga y terminan el día sintiendo que el tiempo nunca alcanza. Lejos de tratarse de una experiencia individual, especialistas de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) sostienen que el cansancio se ha convertido en uno de los rasgos más representativos de la sociedad actual.

Aunque el filósofo surcoreano Byung-Chul Han popularizó el concepto de La sociedad del cansancio para describir una época marcada por la autoexigencia y el rendimiento permanente, investigadoras de distintas facultades de la UNLP advierten que el fenómeno tiene múltiples dimensiones y no puede explicarse únicamente por la actitud individual de las personas.
Del cansancio natural al agotamiento permanente
La doctora en Psicopatología y docente de la Facultad de Psicología de la UNLP, Julieta De Battista, plantea una diferencia clave entre el cansancio y el agotamiento.
Mientras que el cansancio es una respuesta biológica normal que cumple una función protectora al indicar que el cuerpo necesita descansar, el agotamiento responde a una lógica en la que siempre parece existir una tarea más por hacer o un objetivo por alcanzar.
En ese contexto, expresiones como «estoy quemado» o «no doy más» dejaron de ser excepcionales para convertirse en parte del lenguaje cotidiano.
Según la especialista, esa exigencia permanente ya no se limita al ámbito laboral. También alcanza al tiempo libre, la crianza, los vínculos personales e incluso el ocio, espacios donde muchas personas sienten que también deben ser productivas.
Además, De Battista destaca que esta realidad impacta de manera particular sobre las mujeres, quienes con frecuencia sostienen simultáneamente responsabilidades laborales, tareas de cuidado de hijos y acompañamiento de padres mayores, en un contexto donde estas obligaciones continúan recayendo mayoritariamente sobre ellas.
La economía también explica el agotamiento
Desde una perspectiva sociológica, Mariana Busso, profesora de la Facultad de Humanidades e investigadora del Conicet, sostiene que el cansancio actual también está profundamente vinculado con las condiciones económicas.
La pérdida del poder adquisitivo lleva a muchas personas a combinar varios empleos o ampliar su jornada laboral para sostener sus ingresos, lo que reduce considerablemente el tiempo destinado al descanso.
A este escenario se suma la expansión de los dispositivos digitales, que extendieron los límites del trabajo mucho más allá del horario laboral.
«Los tiempos de trabajo se extienden y permean los espacios y tiempos de no trabajo, como el descanso, el tiempo en familia, el disfrute o el ocio», explica Busso.
El crecimiento del trabajo por plataformas y la disponibilidad permanente que imponen las nuevas tecnologías, agrega, han desdibujado la frontera entre el tiempo laboral y la vida personal, una situación que afecta especialmente a las generaciones más jóvenes.
Pantallas, ansiedad y un descanso de menor calidad
Las consecuencias de este ritmo sostenido también llegan a los consultorios médicos.
La psiquiatra y profesora titular de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNLP, Silvana Pujol, afirma que la fatiga persistente figura entre los motivos de consulta más frecuentes y que, en muchos casos, puede esconder trastornos de ansiedad, depresión o estrés crónico.
La especialista advierte que el problema no pasa únicamente por la cantidad de horas de sueño, sino por su calidad.
El uso de celulares, computadoras y otros dispositivos antes de dormir interfiere en la producción de melatonina, la hormona encargada de regular el ciclo del sueño, dificultando un descanso verdaderamente reparador.
Al mismo tiempo, señala que la hiperconectividad favorece nuevas formas de dependencia vinculadas con las redes sociales, las apuestas online y las compras digitales, además de incrementar la ansiedad por la necesidad de responder de forma inmediata.
Frente a ese escenario, muchas personas recurren a soluciones rápidas, como bebidas energizantes o la automedicación, para sostener el ritmo cotidiano. Sin embargo, Pujol advierte que estos recursos no resuelven el problema de fondo y remarca que modificar hábitos suele ser mucho más efectivo que buscar respuestas inmediatas.
Recuperar el derecho a desconectarse
Las especialistas coinciden en que la hiperconectividad está modificando la forma en que las personas se relacionan entre sí y con su propio tiempo.
Las horas que se dedican a las pantallas muchas veces reemplazan los encuentros presenciales, reducen los espacios de descanso y favorecen el aislamiento, un fenómeno que diversos especialistas ya consideran una de las principales amenazas para la salud mental.
En ese contexto, recuperar momentos de pausa, respetar los tiempos de descanso, fortalecer los vínculos cara a cara y establecer límites en el uso de la tecnología aparecen como herramientas fundamentales para prevenir el agotamiento.
Más que preguntarnos cuánto consumimos en las redes sociales, concluyen las investigadoras, el verdadero desafío consiste en reflexionar cuánto de nuestra energía, atención y bienestar estamos entregando a los dispositivos. Porque, en definitiva, la pregunta que define esta época es tan simple como inquietante: ¿utilizamos la tecnología o es ella la que termina consumiéndonos?
Fuente: Infocielo.