El psicoanalista Gustavo Dessal repasa los oscuros goces digitales y analiza cómo los «deep fakes» influyen en la mente de los consumidos y los consumidos.

La plataforma Grok, el sistema de Inteligencia Artificial que pertenece a la compañía X de Elon Musk, inundó internet con fotos y videos creados a partir de imágenes de personas reales modificadas mediante su poderoso algoritmo que permite mostrar toda clase de contenidos sexuales, algunos protagonizados por menores de edad, y también aberraciones que los usuarios calificaron de monstruosas. Nos ahorraremos los detalles, pero conviene entender de qué estamos hablando. Las acciones que se llevan a cabo en los videos no son reales. Fueron creadas por personas reales utilizando los mecanismos que ofrece Grok para dar rienda suelta a su imaginación. Se trata de material pornográfico en el cual las fotografías y videos muestran a hombres y mujeres que existen en la realidad –básicamente su cara es lo que se toma desde la foto original– y luego la manipulación de la imagen las hace actual siguiendo un relato y una puesta en escena en videos o fotos.
Grok ya desactivó la función de desnudar gente debido al escándalo. Pero los materiales que los usuarios crearon y se convirtieron en virales solo existen en la pantalla. Eso permite que los contenidos más aberrantes se paseen por la red (pederastia, decapitaciones) sin que por ahora esté claro cuáles son los límites morales que deberían establecerse.
Las otras compañías de Inteligencia Artificial (OpenAI, Gemini, etc.) entrenan sus sistemas a fin de que se nieguen a ciertos caprichos de los usuarios o intenten convencerlos de que depongan sus fantasías. Pero lo que de este modo se consigue –los ingenieros que trabajan en ello lo saben– es un límite muy frágil, fácilmente burlado por los usuarios. Los directivos de estas compañías son conscientes de que finalmente resulta imposible poner un freno moral al uso de estas herramientas, porque el propio sistema no puede censurarse a sí mismo. Sea cierto o no que el sistema no esté programado para actuar contra sí mismo, los CEOs expresan su preocupación y prometen con la misma fiabilidad que el Parlamento Europeo –es decir, ninguna– poner todo de su parte para alcanzar un resultado que no desvirtúe el espíritu que ese organismo legislativo asegura promover: todo se queda en papel mojado sobre lujosas mesas decoradas con centros florales y botellas de agua mineral.
De todas maneras, las restantes compañías de Inteligencia Artificial al menos no se muestran tan descaradamente delictivas como Elon Musk, que puso algún freno a su Grok porque incluso los inversionistas comenzaban a sentirse algo molestos. La “filosofía” de Musk sigue un argumento que se empleó toda la vida: él no piensa renunciar a lo que otros no tardarán en imitar. Si él no lo hace, muy pronto lo hará otro. Esta antigua falacia multiplica hoy su fuerza por el hecho de que el mundo real y el mundo digital son cada vez más difíciles de distinguir.
Falta muy poco para que un ser humano y un robot se fundan en una sola criatura y un avatar sea mucho más que una representación digitalizada de un sujeto. Cuando ese momento llegue, el problema ya no será distinguir entre lo verdadero y falso, sino entre lo humano y aquello que habrá comenzado a sustituirlo. Las tecnologías digitales no crean el deseo humano, pero lo amplifican, lo refinan y lo devuelven al sujeto bajo formas cada vez más intensas. Los algoritmos aprenden con una velocidad vertiginosa qué imágenes despiertan mayor fascinación, qué fantasías movilizan más atención y qué representaciones producen más impacto emocional. De ese modo, la inteligencia artificial se convierte en una máquina de retroalimentación del deseo, una especie de espejo oscuro donde la humanidad contempla sus propias pulsiones sin los velos y pudores que durante siglos levantaron la religión, la moral o la educación.
Tal vez por eso los discursos tranquilizadores de los directivos tecnológicos resultan cada vez menos convincentes. Prometen autorregulaciones, códigos éticos y mecanismos de control, pero al mismo tiempo saben que el mercado y la competencia empujan en la dirección contraria. El progreso técnico avanza con una velocidad que las normas no pueden alcanzar. Cuando las leyes intentan intervenir, la realidad ya cambió de forma irreversible.
La perversión es una propiedad exclusiva del ser hablante. En el mundo animal, no existen ejemplos en los que podamos atribuir una satisfacción en sufrir o hacer sufrir. Ese goce le está reservado a los sujetos de la palabra y de modo abrumadoramente superior, a quienes se inscriben del lado macho.
“Tres ensayos para una teoría sexual” de Sigmund Freud –1905– fue un libro que expuso uno de los descubrimientos más importantes en la historia de la humanidad, como la fisión del átomo. Siempre se supo que los seres humanos son capaces de conductas aberrantes, pero nunca antes de Freud se había afirmado de forma tan rotunda que eso no constituye un “defecto” en los mecanismos mentales de ciertas personas, sino que en determinadas circunstancias –bajo ciertas condiciones– sale a la superficie el lado oscuro y brutal que los sujetos albergan en su interior. El proceso de construcción de una identidad es siempre complejo y doloroso. Pero por otra parte, el lenguaje crea una barrera: la represión impidiendo que aquello que se suele recrear tan solo en la fantasía, se lleve a cabo en acciones. Todos los sujetos sufren una división entre sus pulsiones –que son amorales y no obedecen a los mandos del yo consciente– y el ideal del yo, la instancia que representa la ley impuesta por la civilización.
Entre las fuerzas que son capaces de domesticar la sexualidad en el ser hablante, el amor es tal vez la más importante. Pero el otro paso que en Freud constituye un signo de valentía moral fue destacar la enorme dificultad que el varón tiene para poder conciliar el deseo sexual y el amor en una misma persona. No se trata aquí de una ideología monogámica, sino de algo que a un hombre le puede ocurrir con cualquier mujer: el impulso a disociar el objeto de su deseo en dos, una parte a la que puede rendirle adoración y otra a la que puede empujar hacia la degradación. Una es la mujer idealizada, La Mujer con mayúsculas. Y la otra es aquella que para ese sujeto posee los rasgos de la prostituta. El gran Goethe vivió disociado entre su santa esposa y el deseo sexual por su sirvienta, una campesina iletrada. “Puta en la cama, reina en el salón”, reza el dicho. Es preciso destacar que Freud no vaciló en declarar que esta determinación que el lenguaje ejerce en los seres humanos no los exonera de ser responsables de sus acciones, aunque estas obedezcan a los impulsos inconscientes.
Ahora, mientras se redactan informes y celebran conferencias sobre el uso responsable de la inteligencia artificial, millones de usuarios continúan explorando sin demasiados límites las posibilidades que estas herramientas les ofrecen. Y en ese espacio sin regulación efectiva reaparece, una vez más, aquello que Freud situó en el centro de la vida psíquica: el empuje constante de la pulsión, siempre dispuesto a encontrar nuevos caminos para manifestarse. Las máquinas del futuro no abolirán esa fuerza. Lo único que harán será ofrecerle escenarios inéditos donde continuar representando la misma y antigua comedia humana.
Fuente: Página 12