Propofol y fentanilo: usos médicos y riesgos

Organismos internacionales ya venían advirtiendo sobre uso inadecuado de estas drogas por parte de profesionales de la salud. El entramado local.

En menos de un año, dos fármacos habituales en entornos hospitalarios quedaron en el centro de la escena en Argentina por motivos trágicos. Primero fue el fentanilo, tras la muerte de pacientes por ampollas contaminadas que derivaron en una crisis sanitaria. Ahora, el foco se posa también sobre el propofol, a partir del fallecimiento de un médico mendocino en Buenos Aires, luego de una sobredosis por la combinación de ambas sustancias.

El caso del mendocino Alejandro Zalazar, de 31 años, no solo expone los riesgos de estos fármacos fuera del ámbito hospitalario, sino también un entramado de consumo indebido que organismos internacionales vienen advirtiendo desde hace tiempo, en particular dentro del propio sistema de salud.

Cómo se usan estas drogas en el hospital

En contextos clínicos, el propofol y el fentanilo cumplen funciones clave. Se utilizan para sedar y aliviar el dolor en procedimientos de diversa magnitud, como endoscopias, colonoscopias, punciones o cirugías. La administración se realiza mediante infusión controlada, con bombas que regulan la dosis según variables como edad, peso y complejidad de la intervención.

“El propofol es un potente anestésico intravenoso que induce rápidamente sedación, hipnosis e inconsciencia”, describen los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (National Institutes of Health -NIH), que recuerda que su uso clínico se extendió desde 1986 para inducir y mantener anestesia general.

El fentanilo, en tanto, es un opioide sintético de altísima potencia, utilizado como analgésico y anestésico. Según la Administración de Control de Drogas (Drug Enforcement Administration -DEA), “es aproximadamente 100 veces más potente que la morfina y 50 veces más potente que la heroína”, lo que explica su eficacia, pero también su peligrosidad.

Alertas por abuso dentro del sistema de salud

El caso del médico fallecido también dejó al descubierto un fenómeno inquietante: el consumo indebido de estos fármacos por parte de profesionales de la salud.

La propia NIH ya advertía hace tiempo que “el propofol se ha convertido cada vez más en una droga de abuso”, en parte por su fácil acceso y rápida acción. Y agrega un dato clave: “Los profesionales médicos y los trabajadores de la salud representan el grupo más numeroso de personas que abusan del propofol”.

Según ese organismo, anestesiólogos y enfermeros anestesistas figuran entre los grupos de mayor riesgo, con una incidencia estimada de hasta 10 casos por cada 10.000 proveedores de anestesia en Estados Unidos.

El caso que expuso el entramado en Argentina

La investigación por la muerte del joven médico reveló un circuito clandestino de consumo que incluía reuniones conocidas como “fiestas del propofol” o “Propo Fest”. Se desempeñaba como anestesiólogo de guardia del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez y era ex residente del Hospital Rivadavia. Fue hallado sin vida con una vía conectada a su pie y elementos descartables para inyecciones. En el lugar también se encontraron dosis de los fármacos y elementos médicos para su suministro.

Según trascendió, se ofrecían experiencias de “viaje controlado”, con provisión de las drogas, monitoreo básico y equipamiento de emergencia como ambú, un aparato para asistencia respiratoria.

Luego se informó sobre un faltante de estas sustancias en el hospital Italiano porteño, lo que refuerza las sospechas sobre desvío desde circuitos formales.

Riesgos: del quirófano al consumo indebido

Bajo supervisión médica, ambos fármacos son seguros. Pero fuera de ese entorno, el margen entre una dosis terapéutica y una letal es mínimo.

Uno de los principales peligros es la depresión respiratoria. “La principal complicación es que el paciente deje de respirar si no está correctamente monitoreado”, advierten reportes clínicos difundidos por la FDA, la Administración de Drogas y Alimentos de ese país y referente a nivel mundial. Además, pueden provocar apneas, cuyas complicaciones pueden llevar a la necesidad de asistencia respiratoria.

A esto se suma el riesgo de sobredosis y adicción. “En entornos hospitalarios cuidados el fentanilo no sería problemático, pero fuera de ellos es de altísimo riesgo para la vida, además de producir una adicción muy rápida”, explicó en una nota con Los Andes el médico toxicólogo Sergio Saracco, ex presidente de la Asociación Toxicológica Argentina.

A nivel global, el avance del consumo ilegal de fentanilo encendió alarmas, especialmente en Estados Unidos, donde se registran unas 70.000 muertes anuales por sobredosis, según informes difundidos por medios internacionales.

En el caso del propofol, aunque no es un opioide, también presenta riesgos severos: puede causar depresión respiratoria, hipotensión y el llamado síndrome de infusión de propofol (PRIS), potencialmente mortal. La National Center for Biotechnology Information advierte que dosis altas o infusiones prolongadas pueden derivar en fallas cardíacas y metabólicas graves.

Fuente: Los Andes

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